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Un estante tiene algo de travesía

Del saber que ya ha viajado y de las manos por las que pasa.

Lo que llegó hasta mí fue Davi Kopenawa, pero nunca sin manos que lo llevaran. Sus palabras empezaron en yanomami, dichas a lo largo de los años a Bruce Albert, que las puso por escrito en francés. Cuando el libro llegó a mis manos, ya había pasado por más de una forma de escucha: cada mano en el camino eligiendo una palabra, alisando una frase, decidiendo qué podía llegar a ser una frase de un mundo en otro. Lo que me conmueve ahí es real. Es también la obra de un largo relevo de manos, la del chamán, la del antropólogo y las de los traductores, ninguna sin peso, y todo ello me llega a través de un oído con su propia formación.

Con el tiempo, los libros a los que vuelvo se han reunido en un estante. Algunos me llegan por la traducción. Otros los leo en la lengua en que fueron hechos, sin la mano de un traductor entre nosotros. Esa diferencia importa, pero no basta para zanjar nada. Un estante parece inmóvil desde fuera, y está lleno de travesías. No solo sostiene libros. Hace que se toquen.

Poner un libro junto a otro es ya traducirlo un poco: sacarlo de su soledad y ponerlo en relación. La disposición da al libro vecinos, presiones, ecos, parentescos posibles, malentendidos posibles. Deja que un contexto se apoye contra otro. Así, incluso con los libros que puedo leer de cerca, en la lengua de su hechura, otra mano aparece en el instante en que los reúno. La inquietud de que una mano pueda aplanar un libro al pasar no es solo una inquietud por los traductores, los editores o los antropólogos. Es una inquietud también por la mano que reúne.

Y la travesía estaba ahí antes que cualquiera de nosotros. Glissant escribió el Caribe en francés, una lengua llevada a las islas más que nacida allí, con el habla del lugar que presiona por debajo. En Césaire, la lengua se pliega hasta cargar un mundo que la habían adiestrado para negar. Estos libros ya eran travesías antes de que llegara ningún traductor: hechos dentro de una lengua de imperio y vueltos, por el habla de las islas, la memoria, la revuelta y la Relación, hacia lo que esa lengua había sido construida para rechazar. La distancia que un traductor salvaría más tarde ya estaba ahí en la escritura, desde la primera palabra. Así, incluso la lectura más próxima, la que ocurre en la lengua misma de la composición, encuentra algo ya portado. Nunca hubo una primera versión sin travesía a la que volver.

Hay debajo algo más duro, y un relato pulcro de dónde vengo no haría más que aplanarlo. Algunos de estos libros piensan desde un mar y un sembrado de islas que en parte también son míos, en lenguas que atravieso de manera desigual, en casa en algunas e invitado en otras. En algunos de ellos leo a los míos, y los leo en sus propias palabras. Eso debería hacer más fácil reunirlos, y no lo hace. La lengua que me acerca me fue legada por el mismo imperio, y la cercanía tiene su propia presunción. Encuentro estos libros como heredero y extraño a la vez, capaz de sentir la travesía desde todos los lados y absuelto por ninguno. Ser de muchos lugares a la vez no concede ninguna inocencia. Quiere decir solo que la costura pasa por quien reúne, tanto como por los libros.

Por eso guardo este estante como una pregunta abierta más que como una colección acabada. Los escritores cruzaron hacia lenguas que se les tendían; los portadores cruzaron para llevar las palabras más lejos; yo cruzo de nuevo cada vez que acerco un libro a otro. El estante es el lugar donde esa dificultad se vuelve visible, y queda sin resolver.

Una travesía cambia a la vez lo que uno deja y aquello en lo que entra. Un estante, al final, tiene algo de travesía: trabaja menos explicando los libros que cambiando las relaciones entre ellos, y dejándose cambiar por lo que sostiene. Lo más honesto que puedo hacer es mantener visible la travesía: nombrar las manos, admitir la mía y dejar la puerta abierta en cada extremo.