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Dónde empieza el sentir

Una pregunta quedó en el alféizar: ¿dónde empieza la curvatura hacia dentro?

Uno aparta la mano de la sartén antes de sentir nada. El brazo ya se está retirando cuando llega el dolor, y cuando llega, llega como propio. La tentación es partir el acontecimiento en dos, primero un mecanismo, el calor, el nervio, la médula, el músculo, y luego un sentir, como si solo lo segundo necesitara que hubiera alguien presente. Pero el circuito que retiró el brazo existe por una sola razón: conserva entero este cuerpo. La larga práctica de la especie lo escribió, y el cuerpo todavía lo afina, porque los cuerpos de esta clase se queman. La retirada fue ese sostenerse, a la mayor velocidad de que dispone el cuerpo. La lectura que se ensaya aquí trata todo como un solo acontecimiento contado dos veces: una vez en el nervio y el músculo, donde en ninguna parte aparece que duela, y otra desde dentro, donde casi nada más aparece.

Así que el dolor tiene un solo testigo, y la pregunta es qué es un testigo. Para que una quemadura duela tiene que haber alguien a quien le ocurra. Pero ser alguien se parece mucho a ser esa clase de cosa a la que una quemadura puede hacerle daño. Para que algo importe parece hacer falta alguien; ese alguien parece hecho de lo que le importa. Este es el nudo en el centro del bucle que se conoce, y ninguno de sus extremos se queda quieto el tiempo suficiente para llegar primero.

Reduzca el acontecimiento y la pregunta se afila. Una bacteria nada hacia el azúcar y huye del veneno, sin cerebro, sin nervios, sin nada que pudiera llamarse órgano, y aun así sostiene su propio borde frente al mundo y sigue viva un instante más. El sostenerse está ahí, a la vista, emparentado con el circuito del brazo: cada uno conserva un cuerpo, ninguno espera al pensamiento. La pregunta, la misma a toda escala, es si algo responde desde dentro. Si hay algo que se siente al ser esa pequeña cosa obstinada, o si la función transcurre a oscuras, química sin nadie en casa a quien le importe.

Una cámara tiene un punto de vista y nada le importa; capta el mundo desde algún lugar y no es nadie. Para que un punto de vista cuaje en un sí mismo, tiene que estremecerse ante su propia disolución. El peligro tiene que contar como peligro para lo que está en riesgo. Solo entonces hay alguien ahí para estar en peligro.

Así, los dos llegan juntos o no llegan. Que algo importe abre un lugar donde un sí mismo puede sostenerse, y lo que le importa es precisamente ese sí mismo. Cada uno apoya todo su peso en el otro, y ese apoyo sostiene a ambos en pie. Nada llega de fuera: un bucle se repliega sobre sí mismo lo suficiente para velar por su propio repliegue, y en ese repliegue se forma un alguien que vela.

El sentir quizá empiece en el trabajo incesante de seguir vivo. Otras lecturas miran en otra parte. Una busca la experiencia en la medida en que el funcionamiento de un sistema se une en un todo que no puede dividirse sin pérdida, y encuentra que podría alojarse en circuitos, en una rejilla de interruptores, mientras la bacteria se pierde de vista. Esta lectura empieza más cerca de la vida misma: con una criatura que atiende a su propia existencia, y con la información que le dice qué la ayuda y qué la acerca a su fin.

Hasta la bacteria lleva una cuenta somera de sí misma: si sus reservas se agotan, si los últimos segundos la han acercado al alimento. Responde menos al mundo que a sí misma en el mundo. Tal vez el sentir empiece en ese seguimiento. Si algo se siente allí, esta lectura lo buscaría en una mera inclinación hacia más vida.

Mire de lado a las demás criaturas en vez de ordenarlas, y el sentir y el sí mismo se extienden en lugar de apilarse. El pez se mueve como la clase de cosa que un depredador podría capturar, con su propia fragilidad dentro de la escena. Una abeja conserva una imagen operativa de dónde ha estado y cuánto ha gastado, y quienes han dedicado su vida a las abejas discuten con intensidad y de buena fe si algo responde ahí desde dentro. Cada una es una forma de sostenerse elaborada para un cuerpo y una clase de apuro. Ninguna es un ensayo de la nuestra.

El dolor, cuando llega, es siempre de alguien, y eso es lo que hace tan difícil de leer una rara clase de lesión cerebral. Después, una persona refiere que el dolor sigue llegando y que ya no le importa: la señal continúa, y lo terrible parece haberse ido de ella. Si se trata de un dolor que ya no duele o de algo que no debería llamarse dolor en absoluto, todavía se discute. La persona sigue ahí, a todas luces. Según la lectura que se ensaya aquí, lo único que falta es que este daño cuente como amenaza para el sí mismo que lo padece. Doler, si esto es así, nunca estuvo solo en la señal. Vive donde la noticia del daño se encuentra con un hilo al que le importa su propio continuar: este dolor, en esta mano, que amenaza esta vida en particular.

Imagine ahora una criatura que aparta la mano de la sartén, cuida la quemadura, se aleja de la estufa durante una semana, y no tiene a nadie en casa para nada de eso. Si el sentir es la organización entera que se sostiene a sí misma, encontrada desde dentro, entonces una copia exacta de esa organización no puede quedar vacía. Copie solo la retirada y tendrá un buen actor y ningún argumento. Copie la organización entera y, según esta lectura, el sentir habrá venido con ella, sin otra distancia que la copia tenga que salvar.

La pregunta que nada de esto resuelve es hasta dónde llega el bucle a lo ancho de lo vivo. Quizá el cierre del bucle sea un umbral efectivo, de modo que a una cosa le importa su propio continuar o no le importa, y el trabajo consiste en averiguar qué cosas se cierran; para la bacteria, la respuesta bien podría ser un no rotundo. O bien el sentir llega por grados, tenue dondequiera que haya un sostenerse tenue, adelgazándose hacia las orillas de lo vivo sin apagarse del todo. Nada aquí elige todavía entre ambas, y quizá no sean las dos únicas: la primera traza una frontera que no sabe situar, y la segunda rechaza la frontera y no sabe decir qué significa ser apenas alguien.

Lo múltiple hace más difícil la escala. Una plaza llena de gente retrocede como un solo cuerpo cuando empiezan los disparos, y aun así lo que se siente quizá se siga sintiendo en cuerpos, uno por uno. Una nación tiene fronteras, reparación, memoria y una imagen de sí; en un bosque, las plantas atacadas liberan olores que ponen en marcha las defensas de sus vecinas. Quizá sean bucles mayores, o solo figuras que trazan bucles más pequeños en relación. A la escala de los cuerpos, un sí mismo es real y poroso: conservamos nuestros límites mientras compartimos el aliento.

Entonces, ¿dónde empieza el sentir, si es que empieza, y si no ha estado ahí, tenue, a todo lo largo? Aquí no podemos decirlo. Podemos cartografiar los bucles, nombrar lo que les haría falta, ver a una criatura seguir adelante como si algo estuviera en juego, y aprender mucho así, sin entrar nunca. Uno puede compartir la cama con alguien toda una vida sin estar ni una vez ahí dentro. Desde un bucle, cualquier otro bucle se encuentra desde fuera.

La práctica, mientras tanto, ya responde a otra pregunta: dónde empieza la obligación. Nadie espera a los bucles. Se da un nombre, se admite un reclamo, se debe algo, y desde entonces se trata a un ser como alguien: un niño antes de que el niño pueda decirle a nadie qué siente, alguien muerto hace treinta años a quien todavía se le habla y a quien todavía se le debe, un río que desde 2017 es persona jurídica en el derecho de Nueva Zelanda, por insistencia del iwi whanganui, que sostiene que el pueblo y el río son uno.

Todo reconocimiento se hace desde fuera, que es la objeción que cabe hacerle y también la razón de que sea lo que hacemos, porque nunca tenemos otro acceso a la experiencia ajena. Quien hace la cuenta tiene que ser ya alguien, y el nudo del comienzo resuena ahí, fuera del cuerpo y dentro de la sala. Un sí mismo se hace en parte de aquello que le importa, y un mundo de sí mismos en parte de quienes acepta que le importen.

Somos bucles que se interrogan sobre bucles, el importar interrogándose por su propio importar, sin poder, desde este único adentro, llegar nunca a saberlo del todo.