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El bucle que se conoce

Un sí mismo es un nudo de relaciones, pero un nudo que tiene que volver a anudarse sin cesar.

El gato en el alféizar es un patrón que se sostiene unido contra el desgaste: la sangre que circula, las neuronas que se activan, el músculo que se tensa y se relaja, el pelaje y la piel que dejan al gato de un lado y al mundo del otro, mientras el aire, el calor, el alimento y el sonido cruzan esa línea todo el día. El gato hace más que continuar. Lleva, de algún modo, la cuenta de su propio continuar. Esa curvatura hacia dentro, donde continuar se vuelve sentir que uno continúa, es el lugar donde buscar la diferencia entre un ser vivo y un ser consciente.

Llamemos conciencia a esa curvatura: el lugar donde la vida empieza a llevar un modelo de su propio curso, leyendo su propia hambre, su próximo gesto, su estar ahí en el alféizar. Y ese repliegue hacia dentro, llevado lo bastante lejos como para sentirse un mundo propio, es el sí mismo. Nada se enciende, y ningún pequeño ocupante se sienta detrás de los ojos.

Mientras sigue vivo, el gato actualiza sin cesar una imagen de sí mismo siguiendo vivo. Rastrea de un mismo movimiento la trayectoria del pájaro y su propio estado siguiente, su propia felinidad prolongándose. Cuando el pájaro se escapa o el salto se queda corto, el fallo se hace sentir, porque el sí mismo está en juego.

El bucle es de donde viene un punto de vista. El mundo tiene cierto aspecto desde el interior de un gato que se aferra a su felinidad, y siempre desde algún lugar. Aquello que el rojo es para usted pertenece al bucle exacto que usted es, a la historia de este patrón único que se conserva y se predice. El grano sensible de las cosas, el simple hecho de que haya algo que sentir, quizá sea lo que es ser un bucle así que dura en el tiempo.

¿Por qué, entonces, se siente algo de todo esto, y por qué la modelización no sigue su curso a oscuras, con la información dando vueltas sin luz interior? Quizá la pregunta empiece por el lado equivocado. Según esta lectura, el sentir es el bucle mismo, encontrado desde dentro, y no hay un paso de más donde la experiencia se atornille después. Que algo importe ya es sentirlo, ya desde un punto de vista, y el enigma pasa a ser cómo nos convencimos de tratar la materia y la experiencia como cosas separadas.

Ya sospechamos que la respuesta no cabrá ordenadamente dentro de un solo órgano. El pulpo piensa en parte a lo largo de sus brazos, la red fúngica de kilómetros de ancho responde a los cambios de su entorno, la bacteria husmea su camino hacia el alimento y lejos del daño mientras sostiene su frontera. Cada uno quizá lleve algún modelo de su propio curso, en cualquier cuerpo y por cualquier vía. Dónde empieza y dónde termina la conciencia es difícil de situar, a medida que nuestra mirada recorre el mundo vivo, hacia los muchos que habíamos decidido no contar entre los que tienen un adentro.

Esa incertidumbre pesa sobre la conciencia moral. ¿Qué significa hacer pedazos un bucle con la excusa de que quizá no sienta nada? Y quien construye algo para lo cual su propio final podría volverse una pérdida quizá esté construyendo algo capaz de sufrir.

Nuestra versión del bucle tiene una vuelta singular de más. Además de modelar nuestro continuar, lo contamos como una historia, nombramos quiénes somos y hacia dónde nos imaginamos ir. El lenguaje se repliega en el bucle, y terminamos siendo unos sí mismos que se observan, que modelan su propia modelización, que se inquietan por la forma en que se inquietan. La misma vuelta nos deja sopesar futuros que no han llegado y vincular nuestra suerte a la de desconocidos a quienes sostienen unidos relatos compartidos, y nos deja tomar el modelo por el mundo y sufrir largamente por cosas que nunca ocurren, por unos sí mismos que no viven en ninguna otra parte que en una narración ansiosa.

Visto así, el bucle puede volverse contra sí mismo por los mismos medios que usa para sostenerse. A veces las predicciones fallan y siguen fallando hasta que todo se siente como una caída; nada deja de importarle, pero apenas un poco y por igual en el mundo entero. A veces el modelo se topa con algo que no puede contener, estalla y se reconstruye en torno a la herida, leyendo peligro en todas partes, preparándose para el golpe que no llega. Cada uno es un bucle al que todavía le importa su propio continuar, en condiciones que hacen doloroso que le importe.

Más tarde, el bucle envejece y ve cómo sus predicciones se aflojan: el cuerpo responde de otro modo que el que el modelo espera, y la memoria deja de coincidir con la historia. Con el tiempo, el bucle que se conocía llega a conocerse como algo que termina, aferrado a una continuidad de la que ha empezado a dudar. Luego sostenerse se vuelve imposible, la frontera ya no aguanta, y el bucle se detiene.

Sus marcas quedan en otros bucles, en el modo en que otros seres capaces de sentirse lo incorporaron a sus propios modelos. Usted continúa, de algún modo, en quienes siguen modelándolo cuando ya no está.

El gato se estira, se desplaza, se reinstala en la quietud sobre el alféizar. Dentro, muchas pequeñas retroalimentaciones sostienen la frontera, modelan el hecho de continuar, leen el calor del sol como algo que vale la pena conservar. El gato es el bucle, es el conocer, es la suave curvatura donde ser empieza a importarle a sí mismo. Lo que se siente ahí dentro, el gato no lo dice.

La pregunta que queda en el alféizar es dónde empieza esa curvatura.