Mire la mañana antes de que sea del todo suya. El café lo cultivaron manos que usted nunca estrechará, cosechado en un país que quizá nunca visite, transportado a través de un océano por una tripulación que usted nunca llegará a contar. El agua vino de un acuífero alimentado por la lluvia caída sobre montañas que usted nunca ha visto. La luz de la habitación llegó por un cable que se remonta a turbinas, centrales y los resultados trimestrales de gente que nunca sabrá su nombre. Esta mañana no es obra suya. La hicieron unos cientos de desconocidos, y la mayoría no están aquí para que se les den las gracias.
Y la misma trama que lo alimenta es la que hace daño. Los mismos hilos, antes que una trama oscura que corre junto a la clara. Las manos que cultivaron el café quizá sean las de un niño. El acuífero se vacía más rápido de lo que la lluvia alcanza a llenarlo. La luz se le vende a usted con ganancia por gente que quemaría una parte mayor del mundo con tal de seguir vendiéndola. No existe una trama de cuidado pura donde refugiarse, apartada de la trama de la extracción. No hay más que una trama, y hace las dos cosas.
Usted es menos individuo de lo que le enseñaron a creer. El calcio de sus huesos se formó en estrellas viejas. Los microbios de su intestino, sin los cuales usted no podría digerir una comida ni sostener un estado de ánimo estable, quizá superen en número a las células que toma por sí mismo. Usted está más cerca de un ecosistema que de una unidad, una asamblea permanente de otras vidas, prestadas y de paso.
La trama va mucho más allá de lo humano. Bajo el suelo de un bosque, los árboles se unen raíz con raíz por hilos fúngicos, y a lo largo de ellos un árbol viejo alimentará a una plántula que lucha, o hará correr de raíz en raíz el aviso de un ataque de insectos. Robin Wall Kimmerer llama gramática de lo animado a la manera de hablar que toma esto en serio, la costumbre de tratar al mundo vivo como alguien antes que como algo. La trampa está en que ese mismo mundo, del que se habla como alguien, es contabilizado, cotizado y negociado como algo, a menudo por quienes hablan con más soltura la lengua del cuidado.
Nos adiestran a no ver nada de esto, porque no verlo rinde. Un sistema que funciona gracias al cuidado no remunerado tiene todas las razones para mantener ese cuidado invisible: la cocina, el cuidado de los niños, el estar pendiente de los demás, el sostén callado de quienes luego salen por la puerta a competir como si se hubieran hecho solos. Cuando los sistemas oficiales fallan, como fallaron cuando las salas de hospital se desbordaron y los gobiernos miraron a otro lado, es esa trama no remunerada la que recoge a la gente, recibe las gracias y luego es devuelta a la invisibilidad. El mito del individuo que se hace solo es un balance contable, y no un error de buena fe.
Mire de cerca y el cuidado y el daño ni siquiera habitan en personas distintas. La cuidadora que vela por los padres de otra familia tiene a sus propios hijos al cuidado de la abuela de alguien más. El campesino que alimenta a la ciudad no puede costear la comida que cultiva. El panel solar que limpió el aire sobre un pueblo se fabricó en un lugar que su fabricación envenenó. A usted lo sostiene el trabajo de gente que nunca conocerá, y con el suyo mantiene a otros abajo, casi siempre sin saber a quién ni cómo, ni siquiera que lo está haciendo.
Así que vivir en la trama donde ya estamos es lo más difícil: no hay más que una sola trama, y estamos enredados en ella de parte a parte, sin modo de elegir la trama del cuidado y dejar atrás la del daño. Ver el todo de una sola vez. Deber agradecimiento y deber respuestas a la misma multitud de desconocidos. Dejar que su comodidad y su complicidad formen un solo hecho, antes que dos. La trama no pide ser amada. Pide que se la vea entera, lo cual es más difícil, y que luego se responda por ella.