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La práctica del devenir

Hablamos de encontrarnos a nosotros mismos como si el sí mismo fuera un objeto perdido, traspapelado en el empleo equivocado, la ciudad equivocada o el matrimonio equivocado, a la espera de aparecer por fin en el correcto. Pero quizá no haya nada acabado que encontrar. Somos menos una cosa por descubrir que una cosa que se hace, se deshace y se vuelve a hacer, por cada encuentro, cada elección y un sinfín de cosas que no son ni lo uno ni lo otro.

Uno está siempre en devenir, se nos dice, y se nos ofrece como una libertad: crecer, cambiar, reinventarse. Es más duro que eso, en dos sentidos. Uno no elige la mayor parte de lo que llega a ser. Y la mayor parte no es una mejora. Nos rehacen los libros y las amistades, sí, pero también el accidente, el vínculo que se rompe, el empleo que se acaba sin aviso, la gente que aprendió exactamente dónde se nos podía herir. Las fuerzas que dan forma a un sí mismo no se presentan a una audición para el papel.

Mire a un niño pequeño y lo verá antes de que la tapa se cierre. Es una persona en este juego y otra en el siguiente, alguien distinto en cada amistad y cada estado de ánimo, probándose distintos sí mismos como quien se prueba abrigos. Luego le enseñamos a asentarse, a ser coherente, a ser él mismo, como si hubiera ahí dentro un sí mismo único al que serle fiel, como si cambiar fuera una manera de mentir. Siempre hubo varios, llegando por turnos.

Y no llegan en un orden pulcro. La historia que nos venden sobre el cambio va de la crisis a la revelación, y luego a la resolución, una línea limpia que sube hacia la salida. El cambio verdadero avanza en espiral. Uno cree haber superado un viejo patrón y luego se sorprende llevándolo puesto otra vez, con ropas que no reconoce, el miedo del adolescente que aflora en plena sala de juntas, la herida de la infancia que habla por una boca adulta. Los sí mismos que uno creía haber dejado vuelven una y otra vez para ser dejados de nuevo.

Buena parte del devenir simplemente se nos impone. La muerte de un padre que hace de uno, de un día para otro, el adulto en la habitación. El diagnóstico que reescribe sin ruido los años que uno creía suyos. Y las consignas permanentes del mundo sobre aquello en lo que uno debe convertirse: un comprador para la economía, un creyente para la nación, una de las dos únicas clases de persona admitidas. Para cualquiera que viva en un mundo que no se construyó para darle cabida, buena parte de lo que parece un devenir no es más que supervivencia bajo una palabra más amable: uno se vuelve resistente porque no se le ofrece nada más blando, se hace más pequeño para caber en el sitio que le dejaron, se vuelve vigilante porque algunas maneras de devenir son castigadas. Nos vuelven contra nosotros mismos con la misma facilidad con que nos orientan hacia cualquier cosa.

Nos gusta llamar a todo esto crecimiento, como si un sí mismo se construyera por adición, nuevas destrezas puestas sobre las viejas. Casi siempre es una resta. Uno deviene soltando lo que estaba seguro de ser, dejando ir la historia que ya no encaja, desaprendiendo los hábitos mismos que antes lo mantenían a salvo. La oruga lo muestra en su forma más desnuda. En lugar de que le broten alas en el cuerpo que tiene, se disuelve, casi por entero, en algo cercano a lo líquido, y la mariposa se construye a partir de la ruina. Casi por entero: una oruga a la que se enseñó a temer un olor lo sigue evitando con las alas puestas, la vieja lección llegando a un cuerpo que ya no le encuentra uso. La oruga no sobrevive en la mariposa, y su miedo sí. Por eso cada devenir entierra un sí mismo, y por eso lo combatimos aun cuando ocurre de todos modos, y por eso lloramos, en silencio, a quienes se nos hace dejar de ser.

La práctica del devenir, entonces, es el arte, más duro y más triste, de atravesar lo que nos deshace sin fingir que lo elegimos, de hacer el duelo, con honestidad, de los sí mismos que perdemos en el camino, y de rechazar las formas que nos harían más pequeños. Uno dirige ese devenir más o menos tanto como un río dirige su propio cauce, y un río trabaja de todos modos sus orillas al pasar. Lo que le queda a uno es el modo en que avanza: con cuánta ternura hacia el que se deja atrás, con cuánta atención hacia el que llega. El último sí mismo es distinto. Se acaba. Lo que queda de él se vuelve el suelo desde donde alguien más empieza.