Abra cualquier feed y la pelea ya está en marcha. Dos bandos se enfrentan en su pantalla, cada uno seguro de sí, cada uno horrorizado, la cronología latiendo con una indignación nueva a cada segundo. Alguien está equivocado y alguien debe responder por ello. Esto es la democracia respirando, nos decimos, el debate que una sociedad libre ha de tener consigo misma, en voz alta, a todo volumen.
Mírelo el tiempo suficiente y la puesta en escena se transparenta. Los mismos rostros vuelven a las mismas posiciones, representando un desacuerdo cuyos contornos no se mueven nunca, mucho calor y muy poca luz, y bajo la furia una extraña cortesía: cada bando necesita que el otro siga apareciendo. Parece escrito de antemano, y el reflejo es preguntar quién lo escribió, quién financia la producción, a qué intereses sirve el espectáculo. Pero no hay ningún autor en una cabina en alguna parte. Nadie lo dirige. Ahí está lo inquietante.
Lo que lo hace funcionar es más simple y más difícil de combatir. Un feed retiene todo lo que retiene la mirada, y nada retiene la mirada como una pelea en la que uno ya tiene bando. Así que la cosa no necesita ningún plan. Solo necesita quedarse con lo que funciona, y lo que funciona es la oposición: repetida, intensificada, vestida cada mañana con un agravio nuevo. Para el feed, los dos bandos son sus dos mitades, cada una manteniendo a la otra en la pantalla, antes que enemigos.
Hace ya mucho tiempo, Lippmann y, después de él, Chomsky describieron cómo una sociedad fabrica el consentimiento, cómo se produce el acuerdo donde debería haber preguntas. Esto es el espejo de aquello. La máquina fabrica el desacuerdo, la división donde podría haber habido causa común, y hace el mismo trabajo callado. Mantiene a la gente ocupada, la mantiene separada y gasta su energía política en una riña que deja cada muro de carga exactamente donde estaba.
Y tomamos asiento creyendo estar en el escenario. Elegimos un bando, lo defendemos como si algo nuestro pendiera de ello, sentimos lo que está en juego en el pecho, adrenalina de verdad, lealtad de verdad, desprecio de verdad. La sensación de estar en la pelea es auténtica. Es también, para la mayoría de nosotros, todo nuestro papel.
Y sin embargo no todas las peleas del feed son huecas. Para quien lleva tres años esperando una visa, la discusión sobre las fronteras no tiene nada de espectáculo. Para quien parte la dosis de insulina en dos para que le dure el mes, el debate sobre la salud muerde. Para el padre o la madre que ve cerrar la escuela del barrio, nada de esto es abstracto. La crueldad de la máquina no está solo en que monta peleas que no zanjan nada. Está en que archiva las peleas que lo deciden todo en el mismo flujo, en la misma tipografía furiosa, de modo que, desde dentro, uno ya no distingue con facilidad el espectáculo de lo que está por caer sobre su propio cuerpo.
Por eso la salida de siempre suena falsa. Desconéctese, dice el consejo, cultive su jardín, la vida real es la que tiene delante. Buen consejo para quienes pueden permitírselo, que son sobre todo aquellos a quienes los debates nunca alcanzarán en carne propia. Marcharse no es una negativa cuando el resultado llega a su puerta, lo haya mirado o no. Y la idea halagadora de que el sistema teme su silencio, su indiferencia, su mero desentenderse, toma las cosas al revés. La indiferencia es justo lo que una máquina así digiere sin problema. No necesita que usted crea. Necesita su atención, y la tomará de buena gana en forma de asco.
Así que ni tragarse el espectáculo ni abandonar la sala bastan. Queda una vía más difícil y menos satisfactoria: quedarse en el asiento con los ojos abiertos, y negarse a dejar que el feed decida en qué peleas se gasta uno. Separar, a mano, las riñas montadas para ser miradas de las que alcanzarán el cuerpo de alguien, sabiendo que esa separación es la única tarea que la máquina no desea que usted emprenda. El espectáculo tiene un papel escrito para el fan y un papel para el desertor, para el fiel y para el asqueado por igual. La única figura para la que no sabe escribir un papel es la de quien sigue mirando de cerca y se niega a entrar en el reparto.