Un telar funciona por tensión. La urdimbre se tiende de un extremo a otro del bastidor y se mantiene tirante; solo porque se la mantiene puede la trama atravesarla y empezar a formarse una tela. Aflójela y no hay tejido alguno, solo un montón de hilo que se deshace en la mano. Tire demasiado y el hilo canta y se rompe. Tejer es el arte de mantener, al tacto, la tensión justa, hilo a hilo, durante todo el tiempo que el trabajo pida.
Llegamos al telar ya adiestrados, por reuniones donde la voz más fuerte pasaba por la más sabia y mesas donde tener razón contaba más que estar presente. La mayoría de las salas donde nos hemos sentado funcionan a puño cerrado: un poder que se acumula y aprieta hasta volver quebradizo el hilo. Allí aprendemos a tensarnos cuando llega el conflicto, a aparentar certeza cuando estamos perdidos y a buscar el control en el instante mismo en que se nos ofrece el vínculo. Mary Parker Follett, que hace un siglo escribía sobre comités y empresas, lo llamó poder-sobre. Conocemos de memoria sus fallos, por haberlos sufrido y aprendido a repetirlos.
Así que buscamos la otra forma, la que Follett llamó poder-con: un poder que un grupo desarrolla en común, para que un patrón pueda emerger en lugar de imponerse. En la práctica está hecho de gestos pequeños y discretos: la pausa antes de responder a una crítica, la pregunta ofrecida allí donde se esperaba una respuesta, la disposición a dejar que la idea venga del grupo más que del frente de la sala. Cada gesto de aflojar la mano es un hilo depositado en un patrón que ninguno de nosotros alcanza a ver entero.
Esa búsqueda del poder-con tiene un fallo propio, más difícil de ver que la dominación, porque llega vestido de benevolencia. En el círculo donde se deja que la decisión emerja, la voz de quien habla con más soltura y se siente más a gusto en el grupo se impone sin necesidad siquiera de alzarse. Una calidez que no sobrevive a una negativa franca deja la negativa sin decir, y una lentitud que ha dejado de ser paciencia se vuelve una manera de no decidir nunca, hasta que se impone quien puede quedarse más tiempo. Hace medio siglo, desde dentro de los movimientos que descansaban en esa confianza, Jo Freeman le dio un nombre: la «tiranía de la falta de estructuras». Basta derribar la jerarquía visible para que una invisible se instale en la sala vaciada, peor que la antigua en un solo aspecto. Niega su existencia, y así cualquier impugnación se queda sin blanco.
De un modo u otro el hilo se pierde: apretado hasta romperse, o soltado en una maraña que se llama a sí misma libertad y sigue llena de tirones, sin que se sepa qué hilo los da. De las dos pérdidas, solo la primera tiene dirección. El poder-con, si ha de sostenerse, también es estructura, mantenida en una tensión que puede nombrarse y, por tanto, cuestionarse.
La práctica es más difícil que elegir el polo suave en lugar del duro, y menos halagadora. Tejer sin perder el hilo es quedarse lo bastante cerca del trabajo para sentir, en las manos, el instante en que la tensión se tuerce en uno u otro sentido: cuando nuestra ayuda se ha vuelto una manera de mantenernos por encima de la persona a la que ayudamos, o el buen ambiente de la sala, una presión que nadie sabe nombrar y que nadie aceptó. Exige decirlo mientras aún es pequeño, sin dejar siempre a quien soporta esa presión la tarea de nombrarla, y volver a la pregunta llana de a quién sostiene el patrón y a quién somete. A veces basta con acordar, antes de que avance la noche, cómo se resolverá un desacuerdo, para que el desenlace deje de pertenecer al último que quede en la sala. Cada regreso es una pequeña corrección, y la tela que se sostiene está hecha sobre todo de correcciones.