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El espacio entre dos alientos

De la pausa como refugio e intemperie, y de quién puede permitirse elegirla

En el intervalo entre el aliento que sale y el que vuelve, hay todo un pequeño mundo. Una forma de plenitud habita ahí: la pausa contenida antes de que el aliento siguiente elija su dirección, el cuerpo un instante anclado, todo aún posible y nada todavía decidido. Y ahí habita también otra cosa. Es el lugar donde uno se pierde, donde ese mismo aliento contenido se vuelve un aliento de otra clase, donde el vacío deja de parecer reposo y empieza a parecer una caída.

La pausa tiene dos rostros, hechos del mismo vacío. Uno es el rostro que elogian los contemplativos, y no se equivocan al hacerlo. Es el reposo entre dos latidos, el silencio en una pieza musical que da sentido a las notas, el amanecer que aún no se ha decidido a ser día, el aliento contenido en una habitación llena de gente, cargado de lo que podría venir. Es ahí donde un pensamiento termina de llegar y una decisión se posa sin ruido, ahí donde algo imprevisto encuentra lugar para empezar. El otro es el rostro en el que uno cae. La noche que el insomne pasa suspendido en ese intervalo. El minuto de silencio que uno llena con el teléfono porque ha empezado a parecerse menos a la paz que al pavor. El mismo intervalo, y el rostro que se vuelve hacia uno parece depender de algo distinto del intervalo mismo.

Toda una economía habita ahora en esa diferencia. La misma máquina que llena cada hora y lo deja a uno vacío le venderá un retiro de fin de semana para recuperar la quietud que le quitó. Pagamos caro el silencio y luego le echamos podcasts encima en el camino de vuelta. La pausa se ha convertido en un producto, es decir, en algo que se compra, y quienes la venden son los mismos que organizaron el agotamiento.

Y es justo eso lo que el elogio de la quietud calla. Lo que vale una pausa depende casi por completo de haberla elegido o no. El vacío que una persona paga por saborear durante un retiro de fin de semana es el mismo vacío del que otra no logra salir: la larga tarde silenciosa sin trabajo que la llene, la alacena vacía, el silencio de la casa después del desalojo. No hacer nada es un lujo cuando la nada es aquello de lo que uno huye. Es una condena cuando la nada es todo lo que le queda. A veces lo más libre que una persona puede hacer es no hacer nada. A veces no hacer nada es lo único que puede permitirse.

La maleza del terreno baldío guarda la pausa sin nada de esta complicación. Brota en las grietas, prospera en los intervalos donde nadie presta atención, en el hueco entre lo que se había previsto para ese suelo y lo que le ocurra después. No lo llama atención plena. A veces la siegan. A veces se vuelve un jardín. Eso tampoco lo elige.

Así, el espacio entre dos alientos es refugio e intemperie a la vez, y por eso resiste la recomendación demasiado bien ordenada de las aplicaciones. Cuál de los dos resulte ser para uno depende quizá menos de la propia sabiduría que de haber tenido, o no, los medios para entrar en él deliberadamente. Hay cosas en las que solo se entra; nunca se explican. Vale la pena recordar, al entrar, que la puerta no tiene el mismo ancho para todos, y que no todos pueden elegir cuándo cruzarla.