Mire la mañana antes de que sea del todo suya. El café lo cultivaron manos que nunca estrechará, se cosechó en un país que quizá nunca visite y cruzó un océano con una tripulación que llevaba meses lejos de casa. El agua vino de un acuífero que llena la lluvia caída en colinas lejanas. La luz que encendió llegó por un cable que se remonta a turbinas, centrales y los resultados trimestrales de gente que nunca sabrá su nombre. Esta mañana la hicieron unos cientos de desconocidos, y la mayoría no están aquí para que se les den las gracias.
Las manos que cultivaron el café quizá sean las de un niño. El acuífero se vacía más rápido de lo que la lluvia alcanza a llenarlo, y la luz se le vende con ganancia, buena parte de ella producida todavía quemando combustibles. El daño baja por los mismos hilos que la mañana.
Usted es menos individuo de lo que le enseñaron a creer. Los microbios de su intestino digieren lo que su propio cuerpo no puede, y son más o menos tan numerosos como las células que toma por sí mismo. Está más cerca de un ecosistema que de una unidad, una asamblea permanente de otras vidas, ninguna de ellas miembro vitalicio.
La trama va mucho más allá de lo humano. Bajo un pinar, la mayoría de las puntas finas de raíz están envueltas en una capa de filamentos del hongo, y el árbol paga en azúcar el agua y los minerales que sus raíces no alcanzan solas. Los términos del intercambio pueden cambiar hasta que el hongo tome más de lo que aporta. Al aprender potawatomi, Robin Wall Kimmerer encontró en esa lengua lo que llama una gramática de lo animado, una manera de hablar que trata al mundo vivo como alguien antes que como algo. La trampa está en que ese mismo mundo, del que se habla como alguien, es contabilizado, cotizado y negociado como algo, a menudo por quienes hablan con más soltura la lengua del cuidado.
Nos adiestran a no ver nada de esto, porque no verlo rinde. Un sistema que funciona gracias al cuidado no remunerado tiene todas las razones para mantener ese cuidado invisible: la cocina, el cuidado de los niños, el estar pendiente de los demás, el sostén callado de quienes luego salen por la puerta a competir como si se hubieran hecho solos. Cuando los sistemas oficiales fallan, como fallaron cuando las salas de hospital se desbordaron, es esa trama no remunerada la que recoge a la gente, recibe las gracias y luego es devuelta a la invisibilidad. El individuo hecho a sí mismo es la forma que toman las cuentas cuando se deja fuera el cuidado.
Una misma relación puede llevar cuidado a un extremo y hacer pesar un costo en el otro. Una mujer que cuida a los padres de otra familia quizá dejó a sus propios hijos con la abuela de los niños, al otro lado de un océano; la socióloga Arlie Hochschild llamó a esto una cadena global de cuidados. El aire más limpio de una ciudad puede empezar como desecho en otra parte: en 2008, una fábrica de Henan que producía polisilicio para paneles solares vendidos en todo el mundo vertía, según una investigación periodística, sus desechos junto a una aldea, y los maizales de allí se secaron. A usted lo sostiene el trabajo de gente que nunca conocerá, y parte del suyo quizá recaiga como costo sobre otros, casi siempre sin que sepa sobre quién ni cómo.
Vivir en la trama donde ya estamos significa tener que agradecer y rendir cuentas a la misma multitud de desconocidos, y dejar que su comodidad y sus costos formen un solo hecho, antes que dos.