Sarah recibe un mensaje a las tres de la tarde. A su vecina se le ha vuelto a ir la espalda. Tiene un trabajo que entregar pronto, pero se detiene, recoge las compras, sube los tres pisos. Más tarde cae en la cuenta de que es la quinta vez este mes. Más tarde aún, se pregunta si le pesa.
No lo llamaría virtud, una palabra que lo haría parecer más limpio de lo que es. Nos cuidamos unos a otros porque nos necesitamos, y la necesidad viene mezclada: las manos que suben las bolsas por la escalera también cierran puertas, y la voz que llama para saber cómo está alguien se queda en la línea para chismear.
Se lo puede ver moverse a lo largo de una calle. La mujer que riega las plantas de la ventana del apartamento vacío de al lado aprovecha para echar un buen vistazo. Los adolescentes de quienes todos se quejan le suben las compras al más quejoso del edificio y, al salir, esparcen el alpiste que llevaban en los bolsillos. El hombre que no habla con nadie saca sus botes de basura sin hacer ruido, para no despertar al bebé de arriba, y la mujer que lo gobierna todo deja notitas cortantes sobre el ruido y alimenta a los gatos callejeros que nadie admite tener.
Casi siempre el cuidado anda con otros nombres. El club de lectura es también una manera de asegurarse de que todos sigan vivos, y la reunión de vecinos, un lugar al que pertenecer un martes; la larga discusión sobre el estacionamiento trata también de ser visto por los de al lado. Montamos ventas de pasteles y fundamos sindicatos de inquilinos por principio, y porque no podemos arreglárnoslas solos y preferiríamos no decirlo. El trabajo se reparte de forma mucho más desigual que la necesidad. Algunas personas se convierten en la respuesta de la calle tan despacio que nadie recuerda haber preguntado si estaban de acuerdo.
Desde hace once años, los jueves hay un almuerzo en el salón parroquial: sopa, una rifa, alguien que lleva a casa a quienes ya no pueden con la cuesta. Luego venden el salón para hacer apartamentos, y de pronto todos toman partido. Pero ¿quién cuidaba a quién? Los voluntarios que cocinan, los comensales que vuelven unos por otros, la parroquia con su techo por arreglar, el desarrollador inmobiliario con las viviendas que la calle también necesita, el municipio que tiene que resolver el permiso de construcción. Todos saben nombrar una necesidad, y solo algunos deciden cuál sobrevive.
Negarse a llevar la cuenta puede ser la manera en que la misma persona termina pagando siempre. El padre o la madre que lo da todo quizá esté ajustando una correa. Y la persona que siempre está se va convirtiendo, con los años, en infraestructura, elogiada por todos y relevada por nadie. Llamar ecología a todo esto puede ser una forma de decidir no remediarlo.
Y aun así Sarah sube las escaleras, con las asas de las bolsas clavándosele en los dedos, pasando por el rellano donde la lámpara se fundió hace meses. Esta vez. La necesidad no decide quién le responde, ni cuántas veces. La quinta vez cuenta. También contaría un no.