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Cómo cuidamos, de verdad

Sarah recibe un mensaje a las tres de la tarde. A su vecina se le ha vuelto a ir la espalda. Tiene una entrega a medias, pero se detiene, recoge las compras, sube los tres pisos. Más tarde cae en la cuenta de que es la quinta vez este mes. Más tarde aún, se pregunta si le pesa.

No lo llamaría virtud. La virtud diría demasiado poco. Nos cuidamos unos a otros porque nos necesitamos, y la necesidad no es algo limpio. Las mismas manos que suben las bolsas por la escalera también cierran puertas. La misma voz que llama para saber cómo está alguien se queda en la línea para chismear. El cuidado y el daño corren por el mismo cable.

Se lo puede ver moverse a lo largo de una calle. La mujer que riega sus plantas y, de paso, las de la ventana del apartamento vacío de al lado. Los adolescentes de quienes todos se quejan, que le suben las compras y luego, al salir, esparcen alpiste que llevaban en los bolsillos. El hombre que no habla con nadie y aun así saca sus botes de basura sin hacer ruido, para no despertar al bebé de arriba. La mujer que lo gobierna todo, que deja notitas cortantes sobre el ruido y alimenta a los gatos callejeros que nadie admite tener. Ninguno es puro, y sin embargo todos cuidan.

Casi siempre el cuidado anda con otros nombres. El club de lectura es también una manera de asegurarse de que todos sigan vivos. La reunión de vecinos es también un lugar donde tener un sitio un martes. La larga discusión sobre el estacionamiento trata también de ser visto por los de al lado. Montamos ventas de pasteles, fundamos sindicatos de inquilinos y cuidamos huertos comunitarios, por principio, y porque no podemos arreglárnoslas solos y preferiríamos no decirlo. La necesidad será compartida, pero el trabajo no. Algunas personas se convierten en la respuesta de la calle tan despacio que nadie recuerda haber preguntado si estaban de acuerdo.

En un terreno baldío, un huerto se levanta despacio, semilla por semilla. Unos niños aprenden los nombres de los tomates en tres lenguas; un vecino mayor les muestra cómo la tierra pide que se la trabaje; alguien pinta el muro detrás de los frijoles. Luego llega el aviso de demolición y de pronto todos toman partido. Pero ¿quién cuidaba a quién? Los que cavaban los canteros, los que repartían la cosecha, el desarrollador inmobiliario, con las viviendas que la calle también necesita, el municipio que administra el terreno. Todos saben nombrar una necesidad. No todos pueden decidir cuál sobrevive. Hasta los arreglos hechos para ser justos se van inclinando sobre la marcha. Un banco de tiempo promete que una hora es una hora, hasta que la hora del abogado se va en un minuto y la hora de acompañar a alguien que deja las drogas no encuentra quien la tome. Tendemos un suelo nivelado sobre una pendiente, y la pendiente no deja de transparentarse.

Lo cómodo que cabría decir es que nada de esto es un fracaso, que el cuidado está sencillamente enredado, como lo está un bosque, y que el desorden es justamente todo el sentido. Algo de verdad hay en ello, y nos exime demasiado a la ligera. El desorden no siempre es fértil. A veces gana la contabilidad. A veces negarse a contar deja que la misma persona siga pagando. A veces la bienvenida nunca termina de abrirse al recién llegado. A veces el padre o la madre que lo da todo está ajustando una correa, y a veces la persona que siempre está se convierte en infraestructura, elogiada por todos y relevada por nadie. El cuidado reproduce aquello mismo de lo que se propuso escapar, y llamar ecología al enredo puede ser una forma de decidir no remediarlo.

Y aun así Sarah sube las escaleras. Esta vez. Porque no hay vida que se libre de la necesidad, no porque sea buena ni porque la cosa salga limpia. La necesidad no decide quién le responde, ni cuántas veces. Si le pesa o no es la pregunta que no se cierra. La quinta vez cuenta. También contaría una negativa. Ahí está la respuesta honesta a cómo cuidamos, de verdad. Ni perfectamente ni con pureza. Lo hacemos de todos modos, nos pese y no nos pese a la vez. Y casi nada dura mucho a solas.