raw.space/campo

Aprender a llegar

Una noche, frente al fregadero, con las manos en el agua tibia y la luz moviéndose sobre ellas, de pronto está del todo en la habitación: el plato, el vapor en la ventana, la radio al fondo del pasillo, el piso bajo los pies. Dura más o menos lo que el enjuague. No lo buscó, y no podría hacerlo volver a voluntad.

Se puede habitar un cuerpo durante décadas y seguir aprendiendo a llegar a él. «Estate aquí, ahora», dice el consejo, como si el aquí fuera siempre un lugar donde valiera la pena estar. Para mucha gente es justamente el lugar del que tiene más razones para irse: el dolor no deja de tirar de la atención hacia otra parte, un viejo miedo convierte el presente en el escenario mismo del peligro, y uno puede vivir media vida en una ciudad que nunca se construyó para uno sin llegar a instalarse en ella.

Así que aprende a estar plenamente presente en una conversación y, por debajo, en otra parte, reteniendo una parte de sí fuera de una habitación que no parece segura para todo lo que uno es. Ausentarse es una puerta que se abrió una vez por una razón y aprendió a abrirse de nuevo. La práctica empieza antes que la llegada, con una pregunta más llana: ¿el aquí ya es soportable?, y si no lo es, ¿qué tendría que cambiar para que pudiera serlo? Muchas veces la respuesta tiene poco que ver con la atención: una cerradura en la puerta, un diagnóstico tomado en serio, un casero que deja de llamar, dinero suficiente para llegar a fin de mes. Algunos de nosotros podemos permitirnos llegar, y otros no.

Cuando el aquí se puede soportar, la llegada está hecha de cosas muy pequeñas, que casi siempre se notan después: la silla que cede un poco, el ruido que hace el edificio a esta hora, el aire que se va y vuelve. A veces llega como llanto, y el llanto resulta ser su propia manera de estar enteramente aquí. No se queda quieta, y hay meses en que nada se posa; forzarla entonces suele ser añadir a una carga que ya pesa demasiado el reproche de no conseguirlo.

«Vuelve a ti como a un hogar» es una frase amable que olvida que un hogar no siempre es un lugar donde uno pueda soportar vivir. La práctica queda más cerca del fregadero: aprender a reconocer los momentos en que el aquí nos sostiene y, entonces, posarnos mientras dure el enjuague.