Un horizonte es la línea por la que uno se orienta, el acuerdo tácito sobre lo que cuenta como nivel y aplomo. Inclínelo, y el mundo asentado empieza a deslizarse; el suelo del que uno se fiaba resulta haber sido, desde siempre, un ángulo sostenido. El vuelco llega como un leve vértigo: menos una vista nueva que el antiguo nivel que ya no se sostiene.