La lluvia cae primero, antigua, indiferente.
Luego se abre otro cielo,
y empiezan a caer letras
como semillas de bibliotecas en llamas,
esporas de los bosques del lenguaje.
Bajan despacio y no dejan de bajar,
atraídas por más de una gravedad.
Aquí el tiempo gira en ciclos:
al alba, la escritura que cae se aclara,
y en la oscuridad las letras brillan.
Basta un toque para detener el instante,
parar la caída en pleno vuelo,
atrapar un sentido antes de que se disuelva.
Estos glifos vienen de once alfabetos,
escrituras que han servido para cartas de amor
y para órdenes de destierro.
Como la lluvia, las letras alimentan la tierra donde caen
y anegan una parte.
Unas tocan tierra y otras se disuelven,
sin ceremonia, ni para unas ni para otras.