Una tormenta donde los mundos simbólicos y elementales se entrelazan.
La lluvia cae primero, antigua, indiferente.
Luego se despliega otro cielo.
Las letras derivan por el espacio
como semillas de bibliotecas en llamas,
esporas dispersas de los bosques del lenguaje.
Los caracteres descienden con dulzura, y sin embargo nada los retiene,
respondiendo a gravedades tangibles e intangibles.
Aquí el tiempo fluye en ciclos.
El alba aclara la escritura que cae.
La oscuridad deja que las letras emerjan, luminosas, del vacío.
El tacto puede retener cada instante,
congelar la precipitación en pleno vuelo,
asir el sentido antes de que se disuelva.
Estos signos portan once alfabetos.
Escrituras que inscriben la intimidad y el alejamiento,
el refugio y el exilio.
Cada símbolo toma parte en todo movimiento humano
hacia el vínculo y el aislamiento.
Caen como la lluvia,
nutriendo y anegando en un mismo gesto,
indiferentes a todo lo que prospera o perece debajo.
Dentro de esta tormenta:
la fragilidad y la fuerza,
la visibilidad y la ausencia,
la permanencia y la impermanencia.
El eco de la vida se mezcla
con los murmullos de finales sin ceremonia.