Cuerpos que caen en el espacio.
La misma caída, repetida hasta el infinito.
Caídas distintas, cada una singular.
Miembros articulados se doblan y se quiebran,
eco de civilizaciones que se alzan y se derrumban,
de especies que nacen y se extinguen,
de ideologías que prometen la salvación y luego se desmoronan.
Cada configuración dibuja constelaciones momentáneas.
Breves alineaciones que sugieren el vínculo y la separación,
el patrón y el caos,
el sentido y su ausencia.
El bucle es perfecto.
El bucle está roto.
La historia se repite y no se repite jamás.
La escala decide si esto es tragedia o comedia.
De cerca: universos de sufrimiento, de consecuencia, de pérdida íntima.
De lejos: un patrón hipnótico, casi apacible.
Cuerpos que caen como la lluvia, como hojas,
como iteraciones recursivas que ensayan variaciones.
El espacio que rodea las formas que caen
es a la vez vacío y posibilidad.
El vacío y lo posible.
Los sistemas se derrumban y abren pasajes.
Los sistemas se derrumban y nada emerge.
Los dos porvenires existen en superposición.
La impermanencia que se juega eternamente.
La futilidad que sin embargo importa.
Todo está a la vez cargado de sentido y vacío de sentido,
según la escala de tiempo que uno habita,
el punto de vista que uno ocupa,
según uno caiga o mire caer a los demás.
Cada cuerpo toma parte en ciclos más vastos que él.
Cada uno es un instante único que jamás volverá.
Cada uno cae junto a los demás y solo.
Cada uno importa infinitamente y nada en absoluto.