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La memoria como espacio colectivo

De la memoria que llamamos compartida, y de quién es en realidad.

La memoria parece lo más íntimo que tenemos, y lo esencial nos llegó de otra parte. Heredamos mucho más de lo que hacemos: las historias que nos contaron antes de que tuviéramos edad para dudar de ellas, los rituales que conservamos sin conocer su origen, las fechas que parecen importantes, las estatuas ante las que pasamos sin llegar del todo a leerlas. Habitamos una memoria compartida como habitamos un paisaje, moldeados por contornos que no elegimos y que, casi siempre, no vemos.

Recordar: del latín re-cordis, volver a pasar por el corazón.Eduardo Galeano, El libro de los abrazos

Por eso conviene vigilar la palabra compartida. Una memoria compartida no es neutral, ni se reparte por igual. Toda sociedad guarda algunas de sus historias y entierra las demás. A unas pocas se les conceden las fiestas, los monumentos y el lugar en el manual; las otras quedan relegadas a los márgenes, transmitidas en voz baja o sofocadas hasta que su misma ausencia acaba por parecerse a la naturaleza, a la forma evidente de lo que sencillamente habría sido. Lo que un pueblo llama su pasado es una selección que alguien hizo. A quiénes se recuerda en voz alta y a quiénes se conmina en voz baja a olvidar, esa es una cuestión de poder antes que cualquier otra cosa.

Por eso una lucha en torno a la memoria nunca trata solo del pasado. Corre por debajo de las disputas sobre qué monumentos siguen en pie y cuáles se derriban, sobre lo que las escuelas pueden enseñar, sobre una lengua enseñada de nuevo a los niños tras un siglo en que hablarla se castigaba, sobre una verdad enterrada y la pregunta de si llegará a decirse alguna vez. Cuestionar la memoria es cuestionar quién forma parte de ella, y por tanto cuestionar qué se le permitirá al futuro llegar a ser.

Espejos para siempre quebrados,
sombra de voces
para siempre acalladas:
la humanidad se empobrece.Miguel León-Portilla, «Cuando muere una lengua»

Y la memoria puede recuperarse. Hay quienes reúnen lo que estaba destinado al olvido, consignan las historias que nunca entraron en el registro, enseñan la lengua prohibida y desentierran aquello que alguien puso tanto cuidado en sepultar. Es fácil archivar esto bajo la palabra patrimonio, algo apacible y vagamente sentimental, y pasar por alto lo que es de verdad: los leones que empiezan a escribir por sí mismos la historia de la caza. Eso cambia lo que es el colectivo, porque el colectivo nunca fue esa cosa estable y común que decía ser.

Así, la memoria es, en efecto, un espacio colectivo, pero no un común que todos poseen por igual. Es un terreno disputado, donde alguien decide siempre, en parte en su nombre, qué se conservará y qué se dejará perder. El olvido es una elección, no una intemperie que sobreviniera por sí sola; el recuerdo también lo es; y uno y otro suelen ser obra de alguien que tiene interés en el rumbo que toman. La relación honesta con un pasado compartido es seguir preguntando de quién es, y mantener la pregunta abierta, antes que instalarse en él como si estuviera acabado.