Un telar funciona por tensión. La urdimbre se tiende de un extremo a otro del bastidor y se mantiene tirante; solo porque se la mantiene puede la trama atravesarla y empezar a formarse una tela. Aflójela y no hay tejido alguno, solo un montón de hilo que se deshace en la mano. Tire demasiado y el hilo canta y se rompe. Tejer es el arte de mantener, al tacto, la tensión justa, hilo a hilo, durante todo el tiempo que el trabajo pida, más que su ausencia.
Llegamos a ese trabajo portando ya en el cuerpo una forma de poder: la que aprieta. Se acumula, agarra el hilo hasta volverlo quebradizo, y la conocemos íntimamente, porque la mayoría de las salas donde nos hemos sentado funcionan gracias a ella. La reunión donde la voz más fuerte pasa por la más sabia. La mesa donde tener razón cuenta más que estar presente. Aprendemos a tensarnos, a contener el aliento cuando llega el conflicto, a aparentar certeza cuando estamos perdidos, a buscar el control en el instante mismo en que se nos ofrece el vínculo. Llámelo poder-sobre, si quiere. Conocemos de memoria sus fallos, después de haberlos recibido casi siempre de lleno.
Así que buscamos la otra forma, el poder que circula en vez de amontonarse, que deja emerger un patrón en lugar de forzar uno. En la práctica está hecho de gestos pequeños y sin brillo: la pausa antes de responder a una crítica, la pregunta ofrecida allí donde se esperaba una respuesta, la disposición a dejar que la idea venga del grupo y no del frente de la sala. Cada pequeño gesto de aflojar la mano es un hilo depositado en un patrón que ninguno de nosotros alcanza a ver entero. Esto es real, y vale la pena quererlo. La dificultad está en lo que la versión amable nunca admite.
El poder-con tiene un fallo propio, y es más difícil de ver que la dominación, porque llega vestido de bondad. Es el círculo donde dejar que la decisión emerja significa que la voz más fluida y más cómoda se impone sin necesidad siquiera de alzarse. Es la calidez que no sobrevive a una negativa franca, así que la negativa queda sin decir. Es la lentitud que deja de ser paciencia y se vuelve una manera de no decidir nunca, donde quien sabe durar más que los demás se impone sin ruido. Hace medio siglo, dentro de los mismos movimientos que apreciaban todo esto, Jo Freeman le dio un nombre: la «tiranía de la falta de estructuras». Derribe la jerarquía visible y una invisible se instala en la sala vaciada, peor que la antigua en un solo aspecto. Niega su existencia, y por eso no hay forma de responderle.
Esta es la dificultad a la que el título apuntaba desde el principio. El hilo se pierde tanto cuando apretamos demasiado como cuando lo soltamos por completo. Volvamos al telar: afloje del todo la urdimbre y no obtiene libertad, obtiene una maraña que se llama a sí misma libertad. El poder-con es estructura sostenida en la tensión justa, nombrada con bastante claridad para poder cuestionarla, bastante suelta para moverse y bastante tirante para sostener el peso de una decisión real, más que lo contrario de la estructura.
Lo cual vuelve la práctica más difícil, y menos halagadora, que elegir el polo suave en lugar del duro. Consiste en permanecer ante el telar con las manos despiertas. En advertir cuándo su ofrecimiento de ayuda se ha vuelto una manera de mantenerse por encima de la persona a la que ayuda. Cuándo su paciencia se ha vuelto una manera de imponerse por desgaste. Cuándo el buen sentimiento en la sala se ha espesado en una presión que nadie sabe nombrar y que nadie aceptó. El trabajo es decirlo, en voz alta, mientras aún es pequeño, y luego volver: al hilo, a los demás, a la pregunta llana de a quién sostiene el patrón y a quién somete. Cada regreso es una pequeña corrección, y la tela, cuando por fin se sostiene, está hecha sobre todo de correcciones.
Una tela se sostiene porque sus hilos tiran unos contra otros, no porque hayan convenido en dejar de tirar. La fuerza está en la tensión, mantenida honesta en vez de disuelta. Tejer sin perder el hilo es quedarse lo bastante cerca del trabajo para sentir, en las manos, el instante en que la tensión se tuerce en uno u otro sentido, y seguir corrigiéndola, sabiendo que la corrección no termina nunca. No es llegar a una manera de trabajar donde nadie apriete jamás y nadie sea jamás silenciado. Esa corrección sin fin es el método mismo, no su fracaso.