Se puede habitar un cuerpo durante décadas y seguir aprendiendo a llegar a él. Posarse, plenamente, en el instante en que se supone que uno ya está, resulta ser algo que hay que practicar, y no llega a cada quien de la misma manera. Para algunas personas, es el cuerpo mismo el que se planta en el umbral: un dolor que no deja de tirar de la atención hacia otra parte, una mente que se encuentra con el presente a su propio ritmo, un pasado lo bastante aterrador como para que el aquí y ahora sea el último lugar donde uno querría dejarse encontrar. La llegada no es algo que el cuerpo conceda siempre cuando se le pide.
Es más que una cuestión de geografía. Se puede habitar un lugar durante décadas sin instalarse nunca en él, sobre todo un lugar que nunca se construyó para darle acogida. Puede estar plenamente presente en una conversación y, por debajo, en otra parte, reteniendo una parte de sí fuera de una habitación que no parece segura para todo lo que usted es. Puede hacer los gestos de una vida mientras flota justo afuera de ella, observándose desde una distancia que, a veces, es supervivencia antes que ausencia.
Esto es lo que olvida la versión más amable del consejo. «Estate aquí, ahora», dice, como si el aquí fuera siempre un lugar donde valiera la pena estar. Pero para un cuerpo dolorido, una mente presa de un viejo miedo, una vida bajo una amenaza real, el presente es precisamente aquello de lo que hay buenas razones para irse. Ausentarse es una puerta que se abrió una vez por una razón y aprendió a abrirse de nuevo, no una meditación fallida. Por eso la práctica, si ha de ser honesta, no comienza por «llegar». Comienza por una pregunta más callada: ¿el aquí ya es soportable? Y, si no lo es, ¿qué tendría que cambiar para que pudiera serlo?
Y cuando el aquí se puede soportar, resulta que la llegada está hecha de cosas muy pequeñas. Comienza por la percepción más desnuda. Aquí. Tiempo presente, sentidos presentes. Su peso en la silla. El color exacto de la luz a esta hora. El aire que se va y vuelve. Y llega también sin que se la llame, de vez en cuando, cuando menos se lo había propuesto. Uno entra en una habitación y siente la propia vida cerrarse a su alrededor como el agua, íntima e ineludible. Hace fila y se sorprende, absurdamente, agradeciendo el dolor de sus propios pies. Mira cómo la luz se mueve sobre sus manos mojadas en el lavabo. Llora, y el llanto resulta ser su propia manera de estar enteramente aquí.
No se queda quieta, esta llegada. Hay días en que uno atraviesa las horas como sonámbulo, en que la presencia se parece a una lengua que uno habló alguna vez y que, de algún modo, ha perdido. Hay semanas en que la mente no deja de dispersarse y la atención sale volando como hojas en el viento. Hay meses en que no llega en absoluto. Nada de eso es un fracaso. Es solo aquello de lo que están hechas ciertas estaciones, y forzar las cosas esos días casi siempre es añadir reproche contra sí a un peso ya demasiado pesado de cargar.
Lo que le pide es una forma de soltar, pero nunca de sus límites, nunca hacia lo que hace daño. Suelta la historia de dónde debería estar a estas alturas, de lo que debería haber resuelto, mientras llora, con honestidad y sin prisa, las cosas tal como son de verdad. Es solo un acuerdo para mantenerse dentro de lo que es verdad, incluida la verdad más desnuda de todas: algunos de nosotros podemos permitirnos llegar y otros no. No hace las paces con lo que es injusto ni finge que el presente sea más amable de lo que es.
La llegada no es un destino, y no siempre es un gesto tierno. «Vuelve a ti como a un hogar» es una frase amable que olvida que un hogar no siempre es un lugar donde uno pueda soportar vivir. Por eso la verdadera práctica es más modesta, y más verdadera, de lo que prometen los carteles. No estar aquí siempre. Solo aprender los días en que el aquí sabrá sostenernos y, esos días, dejarnos posar, porque una vida sucede en el único lugar del que no dejamos de salir, y llegar a él vale todo el esfuerzo, mientras seamos capaces.