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Donde crece el futuro

En los terrenos baldíos de Rosario, la gente cultiva comida para sus vecinos, con semillas y saberes que llegaron a la ciudad como llegaron muchos de los que cultivan, traídos desde el campo y a través de las fronteras. Algunos de los huertos son más viejos que el derrumbe. Cuando la economía argentina se vino abajo, los demás llegaron rápido, porque cuidar un cantero se había vuelto una manera de comer, y el municipio prestó terrenos y herramientas a un trabajo que ya estaba en marcha. El suelo de esos terrenos está mejor que antes, y la gente come lo que se cosechó esa misma mañana a una cuadra de allí. Todo eso merece ser visto, y buena parte descansa sobre el agotamiento y horas sin pagar, sobre una invención que solo se extiende cuando ya no queda ninguna otra opción.

Los escenarios de las conferencias y las menciones de los premios tienen un nombre para esto. Ahí es donde crece el futuro, dicen, más allá de los laboratorios de innovación y los parques de investigación, dondequiera que la gente fabrique lo que necesita con lo que tiene a mano. Quienes cultivan esos terrenos están atravesando la pérdida de la economía que debía alimentarlos, y el lema les devuelve su supervivencia rebautizada como genio, como si se hubieran propuesto por elección construir una más amable.

Los márgenes son cosas fabricadas, obra de los cierres, de las condiciones de la deuda y de las decisiones políticas que mandan el dinero a otra parte. Un lugar se vuelve un laboratorio de improvisación cuando se le retiran los salarios y los servicios de los que vivía. Se improvisa cuando no se puede contar con los servicios públicos, y se construye uno propio una vez que el mercado lo deja a uno afuera. Y luego, encima de haberlo construido, uno carga con el segundo trabajo de probar sin fin que lo que construyó debería contar.

Luego una de estas cosas funciona, y llegan los financiadores, con formularios para llenar y la exigencia de llevarlo a escala. Los círculos de ahorro de mujeres son viejos y están en todas partes, pequeños fondos comunes y decisiones compartidas, gente que prestaba a gente que conocía. Las microfinanzas comerciales, vendidas como empoderamiento de las mujeres, adoptaron la forma del grupo, y para 2010 más de un tercio de los hogares de Andhra Pradesh tenía uno de sus préstamos, muchos de ellos con varios prestamistas al mismo tiempo. Los grupos seguían reuniéndose en las aldeas, y a mediados de ese año el mayor prestamista salió a bolsa.

Cuando una iniciativa se libra de que la lleven a escala, se la estudia. Las universidades llegan para hacer de la comunidad un objeto de investigación; los consultores empaquetan los métodos; alguien con poder de decisión la señala desde un escenario como modelo de resiliencia. Un ensayo también puede hacerlo, levantando un huerto de su ciudad para hacerle cargar con una lección que quienes lo cultivan no eligieron. Mientras tanto, la gente que hace el trabajo sigue sin dinero suficiente, y se le pide que cuente su supervivencia como inspiración, cuando empezó como una respuesta al abandono. Que lo conviertan a uno en el ejemplo esperanzador de otro también es extracción. Los visitantes eligen la pregunta y se quedan con las notas, y quienes cultivan quizá nunca vean lo que sale de ahí. La historia circula mucho más que el dinero.

Así que el lema entiende las cosas al revés. Muchos canteros de esos terrenos ocupan el lugar de algo que se fue primero: un salario, un centro de salud, un colectivo que dejó de pasar, un banco que no quería prestar. Lo que crece en los lugares abandonados mide el tamaño del abandono. Quienes cultivan también han tomado sus propias decisiones: al año de empezar la primera huerta comunitaria de Rosario, pidieron que se dividiera en parcelas, lo que permitió a cada uno acomodar la huerta entre las changas que fueran saliendo.

Hay muchísimo que aprender de esos huertos, y a quienes los cuidan se les debe más que atención. Pero la prueba de si lo hemos aprendido de verdad está menos en que el método viaje, estudiado, llevado a escala, citado, que en que el dinero y la autoridad viajen con él, y en que estemos dispuestos a acabar con las condiciones que hicieron de la invención una cuestión de seguir con vida. El futuro necesita ese ingenio, y menos razones para gastarlo en sobrevivir.