La mayoría de las veces se sale de aquí a mitad de una frase. Otra cosa llama, una pestaña se cierra y, antes de que termine el párrafo, la sala ya no está; esa es, sencillamente, la manera en que vive ahora la atención, sin que haya vergüenza alguna en ello. Partir a propósito es menos frecuente. No le cuesta nada y, sin embargo, hay una diferencia entre partir así y verse arrastrado; se nota en esto: ¿cruza algo el umbral con usted?
Lo que venga con usted es otro asunto. No elige lo que permanece. El feed nos ha acostumbrado a creer lo contrario, a creer que guardamos lo que decidimos guardar, que una cosa leída es una cosa poseída. Pero la mayor parte pasa de largo y desaparece antes del anochecer, y los pocos fragmentos que se alojan en usted y siguen trabajando ahí rara vez son los que usted habría elegido. Una frase apenas advertida resurge una semana más tarde en medio de una discusión consigo mismo. Lo que permanece lo hace según sus propias modalidades. A lo sumo, usted puede dejarle un poco de sitio.
No hay nada que resumir en la puerta, ninguna lección que extraer para guardarla en algún sitio, bien clasificada. Lo que haya pasado mientras leía, si es que pasó algo, puede tardar semanas en dejar ver su forma, y exigir que se declare ahora no haría más que aplanarlo hasta convertirlo en una fórmula citable y muerta. Más vale dejarlo inacabado. Las cosas inacabadas son las que viajan.
El camino de vuelta queda abierto, y lo que usted se haya llevado, todavía a medio formar y sin anunciarse, estará aquí para encontrarse con lo que traiga la próxima vez, como se reanuda una larga conversación sin que nadie haya tomado notas. No tiene que aferrarse a nada al salir. Lo que importa encuentra la manera de aferrarse a usted.
Cómo se va
moldea lo que puede viajar con usted
hacia lo que viene después.