En las manos me arrojan… sus babosas de balas, sus sueños sin cojones de políticos obesos, estos tramposos de pies, estos arrancadores de médula, y me inyectan en el cerebro, todo esponjoso de juventud, el veneno lodoso de este pasado revolucionario.
Camino entre la gente como camino en esta jungla, enemiga protectora. Camino escuchando la orden, escuchando este silencio asesino que me deshace el corazón esquelético. He decidido, más bien, tragarme este vómito de conciencia; esta infancia vana que todavía carga con sus molares de génesis. Lo decido porque me matan, torciéndome el horizonte como un cordón de bota.
Matar no vale nada, me dicen
O no más que ser matado. Y vivir, ¿qué es? ¡Sino el no dejarse matar!
Asiento, en la duda.
Pero la duda me asusta tanto como esta muerte apestosa de mirada uniforme.
Hoy, decido huir. Decido matarme en la tarea de crecer. Limpio de mi frente este sudor arrugado. Este destino, escupido a la cara, terminará en este lago de terror.
Me voy. Me voy sin haber descifrado este eslogan fabuloso que el hijo de mi hijo me contará un día. Me voy de este viento de mesura que solo arranca las plumas a las palomas ambiciosas.
Dejo así mis huellas, ya no en el culo de esta historia de lunas secas, sino más bien en medio de un camino donde las palabras «nuestra tierra» son polvo barrido por esta brisa alegre de hábil curiosidad.