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La ofrenda

La ofrenda está hecha.
El corazón arrancado, arrojado al cuidado de las estrellas, luego relleno de pólvora solar.
Dejaré esta joya podrida sobre el altar. Que las rapaces se la lleven o que la hora se atreva a cubrirla con un sudario cariñoso, ahora que ya no me pertenece, ahora que mis manos ya no acariciarán su suerte y que su sangre ya no corre por mis sueños.

Pero él, manso, me mira.
«¿Qué es más majestuoso: el árbol o el viento que le acaricia las ramas?», me pregunta.
Lo pienso y no sé qué responder.
«La hoja, dice, en el tiempo de su caída».

Lo abrazo. Me ofrece una lágrima de despedida. Se posa en mi dedo, luego se escapa hacia el suelo, que la espera.
Lo poso sobre el altar, le doy la espalda y avanzo un paso; delante, como una estepa en invierno, se extiende la tediosa inmensidad de una melancolía.