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Desaprender a recordar

Durante años sostuve una convicción de la que no lograba desprenderme: que la memoria y el lenguaje hacen por nosotros la mayor parte del trabajo de pensar. Las palabras disponibles deciden lo que puede decirse, los recuerdos a mano deciden lo que viene primero a la mente, y juntos trazan los caminos que tomará un pensamiento antes de que haya empezado del todo. Si era así, un pensamiento original, uno que hiciera algo más que reacomodar lo que ya estaba, necesitaría tomar cierta distancia de ambos. Valía la pena ponerlo a prueba en la única mente a la que yo tenía acceso.

Así que me propuse desaprender a recordar, y adiestré mi mente como se adiestra a un perro: diciéndole una y otra vez qué hacer y qué no hacer, premiándola cuando obedecía y reprendiéndola cuando nada había cambiado. Visto ahora, intentaba escapar de un hábito inculcándome otro. Despacio, y luego más de lo que había previsto, las cosas empezaron a deslizarse. Palabras corrientes llegaban tarde, o no llegaban. Tareas que hacía desde hacía años necesitaban unos segundos de reconstrucción antes de que mis manos supieran qué hacer, y tramos enteros de lo que sabía desaparecieron.

Con las pérdidas llegó otra cosa. Sin piloto automático que me llevara a través de lo cotidiano, tenía que prestar atención a todo, incluso a las rutinas que había dejado de notar años atrás. Redescubría lo que ya sabía. Era lento e ineficiente, y había asombro en ello. También había vergüenza, el apuro por resolver en el acto algo que se suponía que ya sabía, delante de gente que daba por hecho que lo sabía, y a veces fallaba. Di marcha atrás porque ya no podía moverme entre los demás con la soltura con la que había contado. Deshacer el experimento tomó mucho más tiempo que hacerlo, y parte de lo que se fue nunca ha vuelto.

El piloto automático, terminé por entender, es la memoria trabajando fuera de la vista. Buena parte de lo que percibimos lo aporta lo que ya sabemos, y el recuerdo completa la escena antes de que hayamos mirado bien. Hace un siglo, Frederic Bartlett pidió a estudiantes de Cambridge que leyeran un relato indígena norteamericano, «La guerra de los fantasmas», y que lo volvieran a contar de memoria, a intervalos. Los relatos cambiaron de muchas maneras, con omisiones, sustituciones e invenciones, y los cambios se inclinaban hacia un lado: las canoas se volvían botes, la caza de focas se volvía pesca, y los fantasmas, que para los estudiantes no tenían sentido, se desdibujaban o recibían una explicación. La memoria reconstruye en cada recuerdo, y comprime: conserva lo que encaja en el mundo de quien recuerda y deja ir buena parte del resto. El asombro venía de esa impresión: el mundo llegaba antes de haberse vuelto familiar.

La compresión es más antigua que las palabras. Un gato recuerda su territorio, sus recorridos, las casas vecinas que le gusta visitar, y marca ese territorio con rastros que otros gatos saben leer, un reclamo plegado en un olor que dice quién pasó y hace cuánto. Una abeja pliega un vuelo en una danza: el ángulo de su carrera de contoneo da la dirección de las flores y su duración la distancia, y las abejas que la siguen pueden llegar hasta allí. Que algo de esto cuente como lenguaje depende de dónde se trace la línea, y la línea no ha dejado de moverse.

Las lenguas humanas comprimen a su manera, mediante hábitos de descripción que dan forma a lo que se conserva. Un modelo aymara del tiempo, documentado en los Andes, sitúa el pasado delante y el futuro detrás, porque lo que ya ocurrió puede verse y lo que no ha ocurrido no; tener un recuerdo por delante es tenerlo a la vista. Los hablantes de guugu yimithirr, en el norte de Queensland, describen el espacio según los puntos cardinales, y en experimentos recordaban también la disposición de los objetos según los puntos cardinales, donde hablantes de neerlandés recordaban la izquierda y la derecha. Los hábitos de descripción y los hábitos de atención pueden crecer juntos, y, a lo largo de una vida, contribuyen a dar forma a un punto de vista. Qué lengua se vuelve la oficial, en una escuela o en una colonia, decide qué manera de comprimir el mundo pasa por simple hecho, y la lucha por quién guarda un pasado compartido atraviesa ese arreglo.

Siempre la lengua fue compañera del imperio.Antonio de Nebrija, prólogo a la Gramática de la lengua castellana, dedicado a Isabel de Castilla, 1492

Lo que se extiende entre las personas es una especie de puente, y no puede cargar con el peso entero de la experiencia de nadie. El lenguaje es lo que nos permite cruzarlo sin romperlo. Reduce lo que hemos vivido a una carga que la travesía puede soportar, y al reducirla hace algo que la experiencia no tenía antes de decirse, una forma que otra persona puede tomar. Maurice Halbwachs sostenía que recordamos dentro de los marcos que otros nos dan, y los atajos compartidos forman parte de esos marcos. Durante el experimento, una mayor parte del mundo reclamaba mi atención y me costaba más ponerla en palabras. La vergüenza llegaba cada vez que alguien me tendía algo comprimido y yo había perdido el modo de abrirlo. La restricción que había intentado romper y el vínculo sin el cual no podía vivir resultaron ser la misma compresión, vista desde sus dos extremos.

De esos meses conservo el asombro, junto con algunos huecos que nunca se cerraron. Quería un pensamiento original y encontré lo familiar vuelto extraño, que es otra cosa, aunque tal vez sea ahí donde empiezan los pensamientos originales. El asombro, al menos, puede tenerse sin olvidar. Una lectura familiar puede interrumpirse un rato, a propósito, y luego dejarse asentar de nuevo para poder compartirse. Otra lengua hace algo de esto por mí ahora. Este sitio existe en tres lenguas, ninguna tratada como la original, y cada pieza llega a las otras un poco cambiada: una frase del método del acarreo que aquí termina en «despojo» termina en inglés en taking, tomar, una palabra que deja adivinar lo que el español nombra. Al pasar de una a otra encuentro más diferencia de la que jamás encontré restando. Sigo intentando llegar a las cosas conocidas antes de que el piloto automático se adelante.